Tal y como ocurriera en otros países, el cine llegó a México de la mano del cinematógrafo de los Lumière, realizándose la primera proyección pública en agosto de 1896 en México DF. Posteriormente, los enviados de los Lumiére, Claude Ferdinand Bernard y Gabriel Veyre rodaron varias tomas de vistas con paisajes, personajes y temas mexicanos. El revelo fue recogido por el pionero Salvador Toscano, ingeniero que en 1898 continuó filmando tomas de vistas en México, abriendo así paso al documental, género particularmente querido por los cineastas mexicanos, como Enrique Rosas, que realizó uno de los mejores ejemplos de documental de la época que además está considerado como el primer largomentraje del cine mexicano, “Fiestas presidenciales en Mérida” (1906), donde recoge su cámara un viaje del presidente Porfirio Díaz a Yucatán.
Fue precisamente en el campo del documental y a la sombra de la Revolución mexicana cuando el cine de dicho país encontró su primer camino de desarrollo en el campo del documental, oficiando como pionero en la documentación de los sucesos en el frente bélico y sirviendo como campo de pruebas para técnicas de filmación que habían que aplicarse más tarde en la Primer Guerra Mundial y en la Revolución rusa. No es extraño que uno de los grandes cineastas soviéticos, S. M. Eisentein, tomara México como protagonista de su fallido documental ¡Qué viva México!, que no pudo terminar ni montar de la manera en la que deseaba.
Pero, por otra parte, ese interés despertado por la revolución hizo que el cine de ficción despegara en México algo más tarde que en otros países, si bien habían tenido lugar algunos destacados intentos, como el cortometraje “Don Juan Tenorio” filmado por Salvador Toscano en 1899 o la primera película destacada dentro de la ficción filmada en el país, “La independencia de México” (Felipe de Jesús Haro, 1907), a la que pronto se unierion otros títulos que se hacían eco de las producciones galas e italianas y que condujeron a un curioso duelo entre los filmes rodados en Yucatán y México, con títulos como “El Rosario de Amozoc” (Enrique Rosas, 1909), “Los libertadores de México” (Carlos Martínez de Arredondo, 1916) y “La luz, tríptico de la vida moderna” basada en una historia de Gabrielle D´Annunzio y que sirvió para lanzar a la primera diva del cine mexicano, Emma Padilla, que también protagonizó “Hasta después de la Muerte” (1920), y que fue la primera en popularizar una cierta imagen de las estrellas femeninas del cine mexicano, mujeres de coraje desgarrador, hilvanadas inicialmente según las divas italianas y posteriormente recosidas con la garra latinoamericana.
Los primeros bocetos de este tipo de personaje estrella del cine azteca se encontraban ya en las películas de la era dorada del cine mudo mexicano, como “En Defensa Propia“, “La Tigresa” y “La Soñadora” (todas ellas de 1917), pero encontrarían su máxima expresión en María Felix (1914-2002), estrella del cine mexicano, merced a películas cuyos títulos son en la mayor parte de los casos toda una declaración de intenciones emocionales melodramáticas, apasionadas y desgarradoras: “El Peñón de las Ánimas” (1943), “Doña Bárbara” (1943) y “La Mujer sin Alma” (1944) son algunos ejemplos.
Felix fue uno de los grandes nombres en la plantilla del cine mexicano, cuya riqueza de propuestas en todos los géneros y su creciente asentamiento industrial tras la llegada del sonoro, le llevó a situarse como el más difundido en Latinoamérica, contando además con emigrantes ilustres que marcharon camino de Hollywood, como Dolores del Río, Ramón Novarro, Anthony Quinn, Lupe Vélez o Lupita Tovar, que fue la protagonista de la primera película sonora mexicana, “Santa” (1931), dirigida por el madrileño emigrado Antonio Moreno.
Junto con sus emigrados ilustres el cine mexicano recibió también a numerosos emigrantes, entre los cuales el más celebrado desde el punto de vista cinematográfico fue el español Luis Buñuel (1900-1983). El denominado “padre del surrealismo” encontró su exilio mexicano y en la colaboración con el guionista Luis Alcoriza, las condiciones perfectas para desarrollar algunas de sus películas más personales y reconocidas, como “Los Olvidados” (1950), “Nazarín” (1959), “El Ángel Exterminador” (1962), o “Simón del Desierto” (1965). Junto a estas obras maestras, Buñuel desplegó también su talento en títulos de género que estaban por encima de la media y que enriquecieron sin duda el cine mexicano, como “Él” (1954), o “La Ilusión viaja en Tranvía” (1954)
El cine mexicano quedó definido además por una pléyade de directores entre los que destaca un ferviente admirador de Buñuel, Arturo Ripstein (1943), hijo del productor que ejerció como asistente en el rodaje del “Ángel Exterminador” y debutó en el cine con “Tiempo de Morir” (1965), adaptación del relato “El Charro”, de García Márquez, a la que le siguieron títulos como “La Hora de los Niños” (1969), “El Castillo de la Pureza” (1973) o “El Lugar sin Límites” (1977).




